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EL TENOR DE LOS TEMORES

Dr. Francisco Goldstein Herman

Psiquiatría, Psicoanálisis, Homeopatía Unicista, Sexología.

LA MANDÍBULA TIESA

Casio, 52 años, cantante de ópera que había quedado afónico súbitamente. Se le había diagnosticado parálisis de cuerdas vocales. Llegó quejándose de “un endurecimiento de la quijada”. Se trataba de una rigidez que le hacía doler la articulación cuando abría la boca. El describía su dolor como si la articulación se fuera a hacer pedazos. La piel que cubría la zona estaba tensa. Le era difícil hablar y tragar porque se le secaba la garganta.

DESASTRES LLOVIDOS

Cuando hacía frío y más cuando soplaba viento, se le paralizaba la cara. “¡Curioso –reflexionó Casio- no toda la cara, sino un solo lado!”. Cuando lo sorprendía una lluvia y se mojaba, sus miembros inferiores se paralizaban. Al hablar carraspeaba, como tratando de arreglarse la voz. El carraspeo era peor a la mañana, cuando intentaba desprender los mocos que invadían su garganta.

TEMIENDO LOS TEMORES

Al relatar su vida Casio dijo que había empezado a caminar muy tarde, como  a los dos años. Confesó que los temores lo acosaban desde niño. Ya entonces lo aterrorizaba el ocaso del sol porque ello anunciaba la noche. Desde entonces buscaba estar acompañado al anochecer. La oscuridad de la noche representaba para él un suplicio.

MIEDO A LA OSCURIDAD

Advirtió que eso había ocurrido antes de conocer historias de vampiros y hombres lobos que hubieran justificado sus terrores. Su terror ante la declinación de la luz se repetía cuando estaba por irse a la cama. Trataba de postergaba ese momento lo más posible haciéndose leer cuentos. Ya adulto, se había hecho noctámbulo. Casio había comprobado que sus terrores lo inundaban con solo cerrar los ojos.

TEMOR A LOS PROPIOS PENSAMIENTOS

Las sombras porque le parecían fantasmas. Pero en general lo atemorizaban sus propios pensamientos. Cualquier pequeño ruido nocturno le producía ideas que lo ponían a temblar. Se estremecía ante la posibilidad de que ocurriera una desgracia, pero sin imaginar de qué podía tratarse. Imaginaba sucesos horribles que, por sólo representárselos, le causaban miedo.

MIEDO A LA GENTE Y A LOS ANIMALES

Temía a los animales. Empalidecía cuando aparecía un perro. Entonces, temblaba como una hoja y buscaba desesperado donde refugiarse, un bar, un negocio. Pero al mismo tiempo, esos lugares lo enfrentaban con su miedo a los extraños. Este lo sufría ante la gente en general y así padecía horrores si debía enfrentar una aglomeración de personas, por ejemplo, en un shopping, en un supermercado, etc.

TRISTEZA Y MELANCOLIA

Pasaba su vida encontrando el lado más negro de las cosas. Se sentía tremendamente infeliz. Decía que él era, “triste de profesión y melancólico por adopción”. Siempre estaba abatido, doliente desconsolado. Lloraba con mucha facilidad, por pequeñeces, sin poder contener su llanto. Tímidamente, confesaba su cobardía

PREOCUPACIONES Y ANSIEDADES

Todos los trastornos de Casio tenían un origen emocional. En su adolescencia habían muerto sus padres y ya adulto, un hijo. Sacudido por tales  emociones no le parecía extraño vivir preocupado y ansioso desde que despertaba por la mañana. Como sus miedos, sus ansiedades iban creciendo solapadamente desde primeras sombras de la noche. Todo ocurría en él gradualmente, de a poco, como sus parálisis.

TEMOR, PENA Y CONSTIPACIÓN

Casio sentía miedo mientras comía, no sabía a qué, pero tras el último bocado lo invadía la ansiedad. Lo perseguía una constipación tenaz. Durante sus esfuerzos por defecar la ansiedad surgía pensando en sus molestias y lo asaltaba una pena inagotable. El no comprendía cómo le funcionaba esto. Casio reclamaba burlonamente que, padeciendo tantos temores, él debería estar “cagado de miedo” y no constipado.

PARALISIS Y TEMOR

Le hice notar que si a él los temores no lo hacían “cagar”, en cambio parecían petrificarle los intestinos. Es decir, sus miedos paralizaban sus intestinos como lo hacían con la articulación de sus mandíbulas o de sus cuerdas vocales u otras partes de su cuerpo que en diferentes circunstancias reaccionaban de ese modo.

VIVIR PARA LA INFELICIDAD

Las penas también solían aparecer cuando Casio enfrentaba una cita de negocios o tenía en vista alguna cosa que a él le importaba mucho. Bastaba que tuviera un compromiso para que, hasta ese día, él pasara los días apenado y ansioso. Como él decía, “Me adelanto a lo que va a pasar más tarde”. De más está decir que Casio vivía el futuro con una terrible ansiedad.

TEMORES ANTICIPADOS

Era para él evidente que sus torturas empeoraban cuando el tiempo se presentaba  seco, claro, limpio y, más, cuando el frío era seco. Pero había descubierto que estaba mejor cuando el tiempo era húmedo. No comprendía cómo, estando mejor con la humedad cuando se mojaba sus piernas se paralizaban, Era contradictorio y raro. Casio afirmaba que había vivido paralizándose ante miedos que vivía con antelación, pero que, casi siempre, habían sido injustificados.

EL PARALITICO SE PUSO A ANDAR

La Psicomeopatía registró todos los miedos y las características personales de Casio y ubicó para él un medicamento homeopático, es decir, una medicina sin drogas, que gradualmente fue fortaleciendo la debilitada confianza en sí mismo de Casio. Sus temores se fueron esfumando y perdieron vitalidad hasta que él pudo recuperar el dominio de su vida. Por fin logró rectificar su respuesta automática a los temores, es decir, las parálisis. Estas parecían jugar en Casio el intento de detener el tiempo que faltaba hasta la próxima cita. En la última visita Casio contó jubiloso que ya había perdido toda su ansiedad ante el porvenir. El futuro tampoco le causaba pena alguna.